La función de los monstruos en la psicología infantil

Los niños no pueden concebir la complejidad del mundo, la idea de que en nuestro interior existen fuerzas destructivas es demasiado amenazadora y por ese motivo existen los MONSTRUOS en los cuentos. A través de los monstruos, el niño puede proyectar la maldad fuera de sí y manejarla de modo creativo y constructivo.

El niño necesita estereotipos claros en forma de personajes -el feo, el guapo, el malo o el bueno- que conecten con los aspectos positivos o negativos que todos, alguna vez, sentimos. Y en muchas ocasiones evitamos los aspectos negativos, generando un rezhazo y un sentimiento de culpa en los niños por su no aceptación e integración en la realidad de los niños.

Dibujo de un demonio del libro Diccionario secreto de monstruos

En el universo del niño hay un gran impacto de las emociones. No puede entender esa gran rabia y odio que le genera su hermanito pequeño recién llegado a casa, pero si puede entender la envidia que siente la madrastra de Blancanieves. Al comprobar que hay alguien más que siente esa emoción, puede separarse de ella, ponerle nombre y, a partir de ahí́, transformarla.

Por ejemplo, el niño reconoce la maldad del lobo en su interior, su deseo de devorar, así que el lobo es una externalización, es decir, una proyección de la maldad del propio niño, y a través del relato se explica como se puede manejar de manera constructiva.

Lobo del libro Diccionario secreto de monstruos

El monstruo que más teme el niño es él mismo y este hecho le genera angustia. Los monstruos son una manera de dar forma a esa ansiedad a través de símbolos. Una manera de poner orden en el caos interno generado en el niño para que así pueda entender mejor el mundo y a sí mismo.

A medida que los niños se vayan desarrollando se irán sintiendo más seguros en el mundo, de manera que cada vez necesitaran menos apoyo en estas «proyecciones infantiles» y podrá buscar respuestas en explicaciones racionales, hecho que coincide con el desarrollo del pensamiento abstracto alrededor de los 12 años.

Escrito por Rosa Domingo

Rosa Domingo

Psicóloga clínica Licenciada en psicología y psicopedagogía Máster en psicología clínica cognitivo-conductual

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