Un niño que pinta

Javier Melguizo

Decía Paul Auster, el escritor norteamericano, que su sueño era ser director de cine pero su timidez se lo impidió y así acabó dedicándose a la literatura. Mi sueño adolescente era ser un pintor genial y ocupar un lugar de honor en el Olimpo de los grandes artistas que admiro. Me ha costado caer en la desilusión de que no pintaré a la altura de Picasso o Goya, y sin embargo esta certeza decepcionante no resta nada a mi pintura, que sigo practicando sin descanso desde entonces, sino que me libera del peso de una exigencia abrumadora y me permite disfrutar del acto de pintar con un placer antes desconocido para mí.

Paralelamente a esto, me dedico también a compartir los caminos del conocimiento con otras personas que eligen hacerlo usando su arte, su cuerpo y su emoción como instrumentos. Parece que la vida nos tiene reservados caminos insospechados que no siempre coinciden con nuestros más íntimos sueños. Yo encontré un camino natural, en el sentido de fácil en su crecimiento –como fácilmente crece la hierba cuando cae la lluvia- en un terreno que creí comenzar por obligación económica: la educación, y que derivó, también naturalmente, hacia otro terreno colindante, paralelo o incluso filtrado sobre el primero: la terapia.

Cuando algo aparece de forma inesperada y sólo basta seguirlo para que se expanda rápidamente, uno no puede resistir la tentación de pensar que hay un destino oculto, y que como tal debe seguirlo.

Como origen de toda la historia, podría narrar mi recuerdo más importante que viene al caso, que data de cuando tenía cinco o seis años y mis abuelos me regalaron una caja de óleos, unos pinceles y unos lienzos. Desde luego no parece un regalo muy adecuado para esa edad, y puedes imaginar el placer que yo sentí embadurnando las telas de esa materia pastosa, pegajosa y de colores maravillosos. Recuerdo perfectamente la imagen de un barco blanco y rojo sobre un océano de grandes olas de trementina y aceite de linaza, la profundidad del azul, el brillo increíble del naranja bajo unos pájaros van-ghoguianos, aquel olor riquísimo que sigo disfrutando cada vez que abro un tubo de pintura al óleo. Aquello sí era la Felicidad Absoluta, como lo es cualquier acto total de un niño que aún no ha aprendido a vivir en el futuro o en el pasado, y sabe permanecer en el presente. Y esta experiencia inocente de disfrute de la belleza, como suele ocurrir con las cosas inocentes y puras, comenzó su ciclo de corrupción y caída: ese niño a quien se le daba tan bien pintar al óleo fue expuesto para orgullo del apellido familiar a todos los tíos, tías, la casera y el casero, y extensas amistades de la familia, recibiendo múltiples y variados elogios, y la solicitud de algún que otro cuadro como regalo para aquellos don/doña……. que les encantaría una pintura del nene en el salón chimenea, y el nene, o sea yo, estampando en grandísimas letras su firma: JA y no cabe más que me doy con el borde, así que debajo: -VIER. Y este orgullo (quizá ya siete años) de ver mi propia firma en mi (ya) propia obra fue para mí el comienzo de toda una serie de dificultades para crear arte y mostrarlo libremente, que colocó en lugar preferente la ambición por seguir recibiendo los elogios (sustituyendo a los tíos/padres/abuelos por los comisarios y galeristas) y la permanente autoexigencia por encima del sencillo placer de crear, con la impotencia que acarrea además no poder alcanzar nunca ese ideal de perfección imposible. Y la ambición como alimento del ego se merendó a su paso lo que para mí es el verdadero objetivo que el arte debería proponerse: recuperar ese placer de la expresión de la belleza en estado puro -que yo empecé a vivir a mis cinco años-, esa conexión con algo más grande que yo mismo, que me ayuda a sentirme unido a todo lo que me rodea.

El narcisismo puede crear personas exitosas e incluso famosas y ricas (en lo económico, se entiende) pero es imposible que a su sombra crezcan personas creativas, gozosas y sobre todo reales. Todos cargamos, en mayor o menor medida, con una dosis de narcisismo, en el sentido de preocuparnos más por complacer al ego que dedicarnos a atender las necesidades de nuestro verdadero ser. Por suerte somos más complejos y más trascendentes que nuestras neurosis, y también podemos aprender a usarlas a nuestro favor (en cada neurosis hay escondido un potencial de salud).

A mí el narcisismo artístico se me aplacó por hartazgo insoportable y un día dejé de pensar: “éste cuadro no es lo suficientemente bueno, pero el próximo será mejor” para darme cuenta de que “éste lo disfruté, y el próximo también podré vivirlo a mi modo”. Un cambio de esta magnitud en mi manera de sentir y hacer arte ha sido consecuencia de un proceso vital de transformación interior, en el que sin duda han influido enormemente mis alumnos y pacientes, que han sido también mis maestros. Siempre me ha costado mucho vivir sin pintar, necesito la pintura casi como el aire que respiro, (y agradezco el regalo de tener esta vocación), y hoy día puedo crear con total compromiso y al mismo tiempo con una relajación y libertad que hace años ni soñaba, y también puedo compartir, a través de las clases y los grupos, esta forma de sentir el arte y la vida con otras personas que también buscan encontrar su propio camino. Creo que todo esto ha sido posible porque he trabajado conmigo mismo (y sigo) en un proceso gradual de abrirme cada vez más, de ir mostrándome tal como soy, con mis riquezas y mis miserias, de aceptarme así, tal cual (al menos a veces, y además encontrarle el gusto), de compartirme con los otros desde el corazón (no digo sin miedo, porque a veces es con miedo, pero haciéndolo).

Y también por esto: porque por debajo del artista que necesitaba sentirse especial, desde el principio asomó su mirada y ha sobrevivido el niño que jugaba con el brillo de los colores.

Escrito por Javier Melguizo Escuela Hephaisto

Javier Melguizo Escuela Hephaisto

Terapeuta Gestalt formado en Equipo Centro y CIPARH. Licenciado en Bellas Artes por la UCM. Formado en técnicas corporales, Bioenergética y meditación. Más de 15 años de experiencia en conducción de grupos. Formador en expresión plástica-corporal y Arteterapia, he creado mi propia manera de formar o acompañar en el arte y de hacer Arteterapia, a la que llamo Integración Creadora.

Un comentario de “Un niño que pinta

  1. Muy buen articulo. Me siento reflejada en sus palabras…mi opinion personal es que es un arte lograr articular la terapia y las herramientas artisticas para lograr un camino de sanacion y de darse cuenta. Un abrazo desde Argentina

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