Mudanza interior

Hay gente que dedica toda su vida y esfuerzos a crecer por fuera: desean que les crezca la altura (ser más altos y grandes que los otros), que les crezcan los músculos, que les crezca la cuenta corriente, la inteligencia, los aplausos, que les crezca la casa, el coche, que les crezca el príncipe azul, el éxito, los admiradores o los amantes, que les crezca el placer o el sufrimiento, los aparatos electrónicos (ah no, estos mejor cuanto más pequeños), las curvas, el rendimiento…y un largo etcétera. A mi como a tantos otros, me interesa más crecer por dentro.

Decía Eduardo Chillida: “Me mido a diario para saber si he crecido, no para conocer mi estatura”.

El siguiente texto lo escribí hace años tras un proceso de maduración personal en terapia, y trata de narrar metafóricamente cómo es para mí crecer por dentro, cuando se crece con la compañía, la ayuda o el amparo de un profesor, maestro, terapeuta, guía o ser querido.

Javier Melguizo

Deseo que puedan reconocerse aquí otros crecedores por dentro:

Llegué a ti buscando ayuda, yo era un arquitecto que no sabía que lo era, un arquitecto que vivía en mi propia casa pero dudaba de si la había construido yo mismo o la había heredado, de si era mía o era de otros. Me sentía más o menos cómodo en esta casa, pero notaba que algo me faltaba, algo no funcionaba, había un sentimiento de extrañeza, de nostalgia, de pérdida, de falsedad, de sed indefinida. Como arquitecto había vivido desde siempre en mi propia casa, pero ocupando sólo algunas habitaciones, una o varias, y el resto de la casa permanecía oculta, en la oscuridad de las puertas cerradas. Algo sabía de ese lugar inexplorado por los planos, algo intuía vagamente, pero la sombra de una amenaza me hacía negar esas elucubraciones, descartándolas como tontas invenciones mías. Como no había visto la casa en toda su dimensión a veces estaba convencido de que las pocas habitaciones que ocupaba eran la casa al completo, y daba por hecho que no había nada más allá de lo que alcanzaba mi vista y mis pisadas. Otras veces creía que la casa completa debía de ser un palacio aunque no pudiera verlo, o la percibía como una chabola inmunda, o puede que una chabola decorada para parecer un palacio, o quizá como una selva llena de peligros.

 

Un día ya no puedo más, no soporto vivir en esta casa, me asfixian sus muros, la odio, deseo huir a otro lugar, demolerla, es una cárcel, es una sala de tortura donde me consumo a mi mismo, es un basurero que me aplasta y no me permite ver. Llega el día en que sé que no podré enfrentarme a esta casa yo solo, no sé limpiarla, no sé habitarla, no sé por donde empezar, no entiendo nada.
Entonces te encuentro, y te elijo. Reconozco que necesito tu ayuda. Como creo que sabes más que yo, te pido que me enseñes a descubrir esta casa mía que no me atrevo a pisar, o mejor todavía, que me consigas una casa nueva, segura y más confortable, donde no me asalten estos sentimientos tan desagradables, una casa donde no haya sufrimiento ni miedo. Tú me dices que no tienes ninguna casa para mí, que tendré que encontrarla o descubrirla yo mismo. ¡Pues vaya! ¡Menuda ayuda!

 

Sin embargo, al pasar de los días, juntos los dos, empiezo a sentir cómo recibo tu mirada tranquila y una mano que me tiendes y que me invita a entrar en mi propia casa. Cojo tu mano -aún desconfío pero ya no hay marcha atrás, el dolor y la necesidad son tan grandes ahora que ya no tengo nada que perder-, y entonces, de repente, con gran sorpresa, me siento visto, me siento aceptado en lo que soy, me siento respetado sin exigencias. Con el sostén y la confianza que me dan tu mano y tu mirada me atrevo a abrir puertas o rendijas de habitaciones que hasta entonces no había podido ni mirar, muerto de miedo como estaba. Yo voy un paso por delante, temeroso y expectante, tú me sigues un poco detrás, de la mano, acompañándome. Recorremos las habitaciones juntos, tú a veces me señalas aquí y allá, en los rincones justos, escondidos, y yo puedo empezar a tocarlos. Y me atrevo a entrar en esos lugares que sabía que estaban allí pero nunca me atreví a pisar, y en otros que ni siquiera sabía que existían. Y ahí vamos. En momentos duele mucho, y saltan las lágrimas, o asusta y hace temblar, o no es para tanto, a veces es divertido y emocionante, otras es duro y cansado. Y vamos viendo todas las decoraciones que sobran en esta casa, y las tiramos, y los objetos viejos ya inservibles y el polvo acumulado los tiramos también. Limpiamos, ordenamos, nos peleamos, nos reconciliamos. Descubrimos también los tesoros bellos que se esconden entre los escombros.

 

Contigo aprendo a ver que mi casa es normal, no es un palacio y tampoco una chabola, es una casa entre muchas otras, en el inmenso barrio de lo humano. Y aprendo a ver la estructura real de mi casa, y veo que es frágil pero no débil, que es inestable pero también firme en su fragilidad. Que en sus cimientos puede haber fortaleza. Aprendo a ver que es más simple y más hermosa de lo que imaginaba, que no necesita adornos, que es real y verdadera tal como es, que existe, y su mero existir ya es su valor. Aprendo a ver su delicadeza y su blandura, y aprendo a habitarla. A medida que la habito siento cómo mi cuerpo se va llenando por dentro, adquiriendo consistencia y presencia real. Aprendo a ver mi casa mirándola a través de tus ojos, y así voy queriéndola y apreciándola más, y me atrevo a mostrarla a otros, e invito a gente a mirar a través de sus ventanas cada vez más transparentes, y regalo las riquezas que voy encontrando dentro y también enseño su polvo y sus escombros. Me quedo sorprendido de cómo los demás, al yo mostrarla, aprecian lo que para mí no era valioso, y desean disfrutarla por dentro en lugar de quedarse mirando los adornos o la fachada, y esto permite que mi amor por mi mismo crezca, y precisamente eso permite a su vez que mi amor por los otros crezca.

 

Ahora ya puedo decir: “esta es mi casa”, ni mejor ni peor que ninguna otra, sino mía, mi único refugio. Ya no necesito mudarme a una casa mejor, porque no hay ninguna otra casa para mí, ni ningún lugar más donde ir, ni nada que mejorar. Sólo esta casa, que ahora es nueva al mirarla de nuevo, con sus delicados cimientos que me sostienen. Y ahora puedo elegir qué quiero hacer en mi casa nueva, que después de estos años de limpieza y orden tiene las habitaciones más blancas y más vacías. Y estoy contento porque me siento libre de llenar las habitaciones con lo que yo quiera y con quien yo quiera, de entre todo lo que la vida me ofrece, y me siento capaz de crear en cada habitación las cosas que deseo ver y vivir. También si quiero puedo sentarme simplemente a observar y sentir cómo es la casa, contemplar todo lo que tiene y lo que no tiene, aceptando lo que me agrada y lo que no, viendo lo que la casa es,  y disfrutando de no hacer nada, sólo siendo, siendo este mirar, viendo transcurrir la vida como una corriente sencilla e inexplicable, que pasa y cambia a cada momento, sin esfuerzo.  Yo no soy la casa, sólo soy este mirar la casa. Y me siento cómodo aquí, como si algo se llenara de nuevo por dentro, ahora un bienestar pacífico, como de que todo está bien como es y no hay nada más que hacer ni ningún lugar a donde ir, como si también todo pudiera acabarse ahora mismo. Podría morir ahora mismo y estaría bien así.

 

Por último me doy cuenta de que mi casa, y todas las casas, no son más que una ilusión necesaria, pero que en el fondo, detrás de todos los cimientos y todos los muros y ventanas sólo hay un espacio vacío, sólo hay luz, silencio, pura consciencia. Me lleno de alegría por la belleza del gran misterio de la vida.
Ahora te miro, acompañante mío (profesor, guía, terapeuta, maestro, ser querido…), tu que me has ayudado a ver mi casa, a crecer por dentro, y de repente veo en tus ojos que no sabes más que yo, que nunca supiste más, pero sí pudiste tener la presencia y consciencia necesarias, el amor necesario, para acompañarme en mi camino, porque esta limpieza, esta mudanza, ya la hiciste antes en tu propia casa, o porque también la has ido haciendo para ti mismo en cada paso que diste conmigo.

 

Y nos miramos una vez más: entonces surge una sonrisa de complicidad, un gran agradecimiento, que deja el corazón abierto y disponible al misterio de esta vida que compartimos.

 

 

Escrito por Javier Melguizo Escuela Hephaisto

Javier Melguizo Escuela Hephaisto

Terapeuta Gestalt formado en Equipo Centro y CIPARH. Licenciado en Bellas Artes por la UCM. Formado en técnicas corporales, Bioenergética y meditación. Más de 15 años de experiencia en conducción de grupos. Formador en expresión plástica-corporal y Arteterapia, he creado mi propia manera de formar o acompañar en el arte y de hacer Arteterapia, a la que llamo Integración Creadora.

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