Lujuria

lujuria cortado bynLa lujuria, a diferencia de las conductas sexuales consideradas normales o socialmente aceptadas,  es la exacerbación, el desorden o la falta de control del deseo sexual; por su parte, la lascivia -relacionada con la lujuria- es el apetito o deseo excesivo de placeres sexuales. La moral religiosa ha restringido históricamente el comportamiento sexual humano considerado como aceptable y lo ha condenado como pecado capital, asimismo ha atribuido a la castidad el papel contrario, definiéndolo como virtud para no caer en la tentación y como bien sabemos, ha sido contraproducente en no pocos casos. 

El sexo, por su innumerable contenido, es un tema tabú en muchas culturas y a pesar de que sea una necesidad biológica reproducirse (y para ello practicar el sexo), no se trata de manera natural en muchas de sus vertientes. La historia nos ha educado a ver el sexo como algo prohibido, algo libidinoso y, sin embargo, nos ha alentado a que sigamos practicándolo aunque sea con el único fin de no morir sin descendencia. Aún así, si nos remontamos al principio del nuevo testamento, el cristianismo es capaz de justificar una fecundación sin cópula, para crear al Hijo de Dios y así mantener la pureza de María conservando su virginidad. A sabiendas de que espero hacer notar mi tono irónico, me atrevo a afirmar que no podemos sorprendernos de que, desde la perspectiva cristiana, se limiten las actividades lujuriosas de la carne mediante amenaza de terminar siendo asfixiado con fuego y azufre en el Infierno. Ya lo expresa Dante Alighieri, en su “Divina Comedia”, la lujuria es el amor hacia cualquier persona, lo que pone a Dios en segundo lugar y da motivo suficiente para convertirse en pecado.

A pesar de que creo exagerada la censura sexual que se ha realizado en gran parte de las religiones con mayor número de adeptos, es factible que si hilamos un poco más fino, podamos encontrar coherente limitar todos aquellos comportamientos lujuriosos que derivan hacia la patología o el perjuicio del prójimo o de uno mismo.

4791360025_91fbb8d9db_oEl trastorno caracterizado por el incremento repentino de la libido y el deseo impulsivo de practicar sexo muy frecuentemente, es conocido como hipersexualidad o adicción al sexo; pero ha de tenerse en cuenta que los criterios del DSM-V son mucho más específicos a la hora de diagnosticar esta patología y se tiene muy en cuenta tanto la frecuencia como la cantidad de tiempo invertida en la realización y planificación de las conductas sexuales y las fantasías,  si el origen de dichas actividades se encuentra en estados de ánimo disfóricos o situaciones estresantes, si se intenta infructuosamente controlar o reducir estos pensamientos y conductas y si éstas implican riesgo físico, psíquico o emocional a sí mismo u otras personas. Esta patología puede hacerse notar en muchas formas, desde la masturbación o el uso de la pornografía a la prostitución o el voyeurismo e incluso la violación o el asesinato en casos más extremos. No existe un factor detonante concreto que determine el comienzo de la adicción puesto que puede surgir tras una experiencia sexual traumática en la infancia, con acceso a la pornografía desde una edad demasiado temprana, al romper una relación sentimental… Entre las personas de riesgo que pueden padecerla se encuentran aquellas con baja autoestima, que muestran insatisfacción con su imagen corporal, que presentan algún tipo de disfunción sexual o que tienen un historial insatisfactorio de relaciones de pareja.

Como cualquier otra adicción, es la pérdida de control o la incapacidad que tiene una persona para frenarse de hacer algo que, a la larga, le trae consecuencias negativas. En este caso, el sexo representa placer y aquello que no puede controlar, pero que realiza para generar una reducción importante de la ansiedad producida en el cerebro por una irregular liberación hormonal. Los que la padecen sienten una necesidad de calmar sus impulsos desesperada que se confunde con un deseo irreal: se convierte en el “chute” que el drogadicto usa para pasar el mono.

El Jardin de las delicias Hieronymus Bosch (El Bosco)

El Jardin de las delicias Hieronymus Bosch (El Bosco)

Aunque cualquiera podemos recurrir al sexo en un momento dado para afrontar el estrés o aumentar la autoestima, los pacientes con posible diagnóstico de hipersexualidad lo hacen de manera habitual y cada vez con mayor frecuencia hasta que el sexo controla por completo sus vidas y se ven incapaces de encontrar fuerza suficiente para dejarlo.

El tratamiento consiste en tratar al adicto de manera individual para dentener las conductas, controlar los impulsos y cambiar los hábitos. Se le ha de enseñar formas alternativas y saludables de afrontar el estrés, manejar el malestar emocional y regular la intensidad de las emociones así como habilidades de solución de problemas para afrontarlos sin necesidad de recurrir al sexo. A diferencia de otras adicciones, no se puede alejar por completo al enfermo, ya que tiene que conseguir disfrutar de su sexualidad de una manera sana y sin conductas compulsivas. Para que sea más efectivo el tratamiento, no hay que llegar al extremo para pedir ayuda profesional.

La analogía que supone la adicción al sexo con la lujuria nos hace reflexionar sobre como la sociedad valora este pecado capital y su crítica religiosa. Deberíamos descartar el pensamiento que tenemos sobre quienes llevan una vida sexual altamente activa, unida al placer y el disfrute, puesto que todos podemos ser víctimas de una enfermedad como esta adicción en algún momento y ser “pecadores” de manera involuntaria. Lamentablemente, muchas personas son mal vistas por la Iglesia por su comportamiento sexual, ya sea por enfermedad, por orientación sexual o por uso de anticonceptivos pero creedme, no se merecen arder en el Infierno por ello.

Tras analizar diferentes textos para escribir este artículo, me permito expresar que para ser buen cristiano, solo se han de cumplir una serie de preceptos, tales como doblegarse a la voluntad de un ser que jamás se ha mostrado ante sus fieles, reprimir cualquier deseo sexual antes del matrimonio, no sentir atracción por personas de tu mismo sexo y rechazar los lujos materiales. Espero que la pederastia  y la posesión de la ciudad con mayor cantidad de joyas por metro cuadrado sean considerados lujuria y se agreguen a futuras revisiones de los mandatos cristianos.

Escrito por David Pérez Borge

David Pérez Borge

Psicólogo con formación cognitivo conductual.
Sexólogo y Terapeuta de pareja.
Terapeuta familiar sistémico.
Consulta en Barcelona, Sabadell y Santa Coloma.

2 comentarios de “Lujuria

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *