Las supersticiones (de Caruso)

Hoy quisiera compartir un relato que narró el gran locutor de radio Martín Llade en su programa “Sinfonía de la Mañana” hace unos cuantos meses. El motivo de escoger este relato es que ayuda a plantear preguntas acerca de las supersticiones. Pero no quiero adelantar más, al final del relato plantearé algunos aspectos.

Lo que hubiera dado por un cigarro egipcio la trágica velada de su último “Elixir d’Amore”, cuando su lengua se rasgó de parte a parte, en medio del primer acto, haciéndole sangrar por la boca; su primer pensamiento fue: “Ahora ya da igual todo. Podré fumarme uno más; aunque sea a medias”.

El público, como durante la mayor parte de su carrera, se comportó con veneración religiosa. Nadie protestó. No se llamó un sustituto; y ni uno solo de los asistentes reclamó el dinero de la entrada. Sin duda estaban seguros de haber presenciado algo histórico: el día en que Caruso se rompió en pedazos.

Apenas tres semanas antes, el Templo que fuera un día su voz, se derrumbó metafóricamente y literalmente al caerle en la espalda una de las columnas de cartón piedra del acto final de “Samson”, cuando éste mata a los Filisteos. El impacto le golpeó en la zona renal, produciéndole un dolor que hasta entonces no había cesado y que, por si fuera poco, obró como “piedra imán” para otras dolencias.

Al día siguiente sufrió un ataque de tos frente al espejo de Canio mientras cantaba el “Vesti la Giubba” de “Il Pagliacci”; después, sufrió migraña y un agónico Eleazar en “La Judía”. Y de golpe, le diagnosticaron pleuresía y un enfisema. Tuvieron que operarle siete veces consecutivas. Dorothy no dejaba de mortificarse. Él siempre le había insistido en que no olvidase la bolsa de amuletos que ocultaba estratégicamente en algún pliegue del vestuario que llevase su personaje, en escena. Entre los amuletos: había una mano de Fátima, un escarabajo de ágata comprado en El Cairo, una apergaminado de trébol de cinco hojas y la pata de un conejo albino. Los había ido recopilando a lo largo de toda su vida, y siempre le dieron suerte. El trébol lo había llevado consigo en su espectacular debut  en L’Scala con “La Boheme”. Había pasado ya una vida de aquello, exactamente la que presentía escapársele entre los dedos como grana rallado para los tortellini; y, por cierto, lo que hubiera dado en ese momento por un plato. Acaso, el riñón sano que le quedaría después de que le extirparan el afectado por la caída de la columna. Pero le habían impuesto una dieta rigurosa hasta aquella operación que esperaba que fuese la definitiva.Enrico_Caruso_XVII

Los últimos ocho meses, sus dolencias no habían remitido exactamente; más bien, se fue acostumbrando a ellas: el dolor en el costado de las ocho y cuarto, los pinchazos en el pulmón del mediodía, las toses con sangrado del crepúsculo.

Estaba con Dorothy en su Nápoles natal, después de un agradable mes de julio en Sorrento. Quería ir viendo los lugares donde había ido transcurriendo su juventud, antes de acudir a la cita con los médicos en Roma. Ya que no podía beberse una copa de “Lacryma Christi”, ni saborear un Ragù del Guardiaporta, al menos podría enseñarle todo aquello a su esposa americana.

– Llévame al barrio en que naciste – le pidió Dorothy.

Y él consintió, un tanto dubitativo al principio pero a ella le gustó ver la fachada del modesto edificio, y la iglesia cercana de San Juan y San Pablo, donde le bautizasen.

– Ya no queda nada de mí aquí –confesó él–; de hecho, hasta casi he olvidado el napolitano.

Pero ella le dijo que ese lugar era una parte de su personalidad y que, viendo su maravillada expresión al redescubrir rincones de cuya existencia se había olvidado, estaba conociendo, por primera vez a Enrico, la versión napolitana de su nombre, con la que fuera bautizado, y que abandonó para siempre, al convertirse en el Gran Caruso.Brogi,_Carlo_(1850-1925)_-_n._10458_-_Napoli_-_Macchronaio_napoletano_-_Scena_dal_vero

– Ahora que lo dices, hay un rinconcito que no he podido olvidar –le confesó él.

Y logró convencerla de lo imposible. La llevó hasta una pequeña y sórdida trattoria, en un callejón sombrío, en la que servían una deliciosa Calzone, que se derretía entre los labios. Sabiendo lo que significaba para él, Dorothy se lo permitió, y hasta un vasito de Fiano di Avellino. Lo vio feliz; ella fue feliz también.

– Y, ahora voy a cantar para ti –le dijo, al salir de la trattoria.

– Enrico, no debes.

Le daba igual todo aquella noche; a la mañana siguiente sería otro día. Y así, en aquella callejuela mal iluminada cantó “Coure Ingrato” para ella. A media voz, es cierto, pero era tal su legendario caudal que varios viandantes se asomaron para ver de dónde brotaba aquella prodigiosa voz herida.

Cuando hubo acabado de cantar, ya era completamente de noche. Ella le preguntó, con voz trémula, si había podido perdonarla.

– ¿El qué? –quiso saber él.

– Que me olvidase tu bolsa de amuletos en un taxi aquella tarde de “Samson y Dalila”. Tal vez nada de esto hubiera pasado si yo…

Él se echó a reír, y eso le provocó una punzada de dolor en la costilla que le extrajeran en la cuarta operación.

– No seas tonta –la trajo contra sí, y la abrazó en la oscuridad–. Todo es perfecto. Tú eres mi mejor amuleto. No cambiaría este momento, por nada del Mundo.

A las nueve de la mañana del día siguiente, Enrico Caruso fallecía en el Hotel Vesubio de Nápoles, a los cuarenta y ocho años. Cuantos desfilaron ante su féretro abierto se maravillaron de su plácida expresión, muy alejada del dolor pacientemente acumulado en los últimos tiempos. Sólo Dorothy, supo que su rostro irradiaba la felicidad de aquella noche napolitana, la penumbra del furtivo beso, la dulzura del vino en sus labios, la penetrante fuerza de su voz haciéndola suya por última vez. Pero no dijo nada a nadie; y ya que él no podía ofrecerle ahora, si no recuerdos, decidió guardarse para sí este postrero como el más preciado de todos ellos.

Un relato precioso… Pero… volviendo al tema que nos ocupa: ¿fue la falta de los amuletos lo que provocó toda esa cadena de infortunios en Caruso? Estar sujeto a objetos sobre los que se considera que traerán buena fortuna no tiene nada de malo. El malestar llega cuando te los has olvidado y crees que puede ocurrir algo malo. El hecho de que Dorothy se olvidara los amuletos, ¿hizo que Caruso sufriera todos aquellos males? Hemos visto cómo representación tras representación, Enrico iba acumulando amuletos que le proporcionaban suerte. Se aferraba a ellos como algo esencial. Todo iba bien. Pero un día, no los llevó encima. ¿El no llevarlos encima provocó que la columna callera sobre él? ¿Quizás si los hubiera tenido encima, la columna se habría sujetado sobre su base y no hubiera caído?

Caruso_and_wifeEs imposible saberlo con certeza, pero puede que Caruso se plantease preguntas de éste estilo. Sin embargo, en el relato vemos que en ningún momento le echó en cara a Dorothy que no llevara sus amuletos. Más bien lo contrario, le dijo que su mayor amuleto era ella. Y es que, poseer objetos que hemos encontrado (como esa peseta o ese céntimo que creemos que nos dará suerte) nos ayuda en momentos de dificultad o en momentos complicados a superar. Pero, ¿realmente marcan tú destino? Aprobar un examen, por ejemplo, ¿está ligado a una piedra que encontráste en el río?

La capacidad la tienes tú. Tú tienes la capacidad de superar esa situación difícil con éxito, y eres tú, quien le da la capacidad de “la buena suerte” a tu objeto (si es que tienes uno). Como vimos en al artículo “El lápiz más valioso del mundo, no es el objeto el que tiene la capacidad de hacer cosas maravillosas, eres tú quién otorga esas capacidades al objeto. Tú eres el mayor potencial que existe, y sin ti, ese objeto no sería tan especial.


Aquí dejo la canción “Caruso” de Lucio Dalla cantada por Luciano Pavarotti que narra esos últimos momentos que Caruso pasó con Dorothy en su Nápoles natal. (https://www.youtube.com/watch?v=OQdz9wQ631M)

Escrito por Jorge Perpiñá González

Jorge Perpiñá González

.- Psicólogo General Sanitario en Consulta Privada (Valencia).
.- Máster Universitario en Psicología General Sanitaria por la Facultad de Psicología de la Universidad de Valencia.
.- En formación como Terapeuta Gestalt en el ITG Valencia.
.- Máster Sanitario de Práctica Clínica (Modalidad Intensificación Práctica), organizado y dirigido por la Asociación Española de Psicología Clínica Cognitivo Conductual (AEPCCC), la European Society of Psychology (ESP) y acreditado por la European Foundation of Psychology (EFP).

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *