La terapia de pareja como… ¿tratamiento milagroso?

Toda persona que haya tenido pareja, sabe que la relación tiene altibajos durante su trayectoria y que, la mayoría de las veces, se disfruta tanto como se sufre. Partiendo de esta premisa, podemos tomar consciencia de que el desarrollo individual y compartido de los dos miembros de la pareja es vivido de manera distinta por cada uno de ellos y que, por tanto, la valoración que se tiene de ese disfrute o sufrimiento tiene matices diferentes para ambos.

La perspectiva de gozo que se experimenta individualmente tiene tendencia a homogeneizarse cuando las cosas van bien en la relación, llevando a considerar de manera similar el grado de amor que siente el uno por el otro e incluso a interiorizar que la relación se mantendrá así eternamente. Sin embargo, las preocupaciones y los problemas surgidos a través del roce y de la propia convivencia, adquieren velocidades cada vez más distintas y tienden a acelerarse hacia direcciones independientes. Es en esos momentos cuando surgen dudas sobre la relación, cuando se distorsiona la comunicación y cuando comienzan a cometerse errores en la valoración de la situación que se está viviendo, puesto que los aspectos positivos han quedado relegados a un “bienestar continuo” que no destaca en la rutina diaria y una discusión o un conflicto suponen un “contraste devastador” respecto al día a día.

Este hecho suele pasar inadvertido en uno de los miembros y ser sobreestimado por el otro. Desemboca en lo que comúnmente denominamos “gota que colma el vaso” y arrastra inevitablemente a expresar de manera crítica el disgusto o la insatisfacción del que, en este caso, se siente peor en la relación. Es entonces, cuando la pareja se da cuenta de la situación e intenta resolver el problema con todas las herramientas que conoce aunque no siempre se obtenga el resultado que se pretende. Si esto se repite una y otra vez con conclusiones insatisfactorias para ambos y la tensión aumenta en cada una de ellas, la relación de pareja se tensa cada vez más y se desgastan las ganas de esforzarse por arreglarlo.

Entramos ahora en la parte complicada del proceso ya que se produce una dicotomía en la que hemos de decidir entre “poner toda la carne en el asador” para solucionarlo nosotros mismos o delegar el esfuerzo a una tercera persona que nos ayude a ambos a solucionar el problema: acudir a un terapeuta de pareja. La decisión no es fácil de tomar, puesto que nos vemos capaces de intentarlo todo por aquella persona a la que amamos y no estamos dispuestos a darnos por vencidos, pero tenemos miedo de no conseguirlo y haber errado en la elección; por otro lado, comenzar una terapia de pareja parece suponer que nos damos por vencidos y que no hemos sabido solucionar problemas que en el fondo parecen fáciles de resolver.

Como terapeuta familiar y de pareja, puedo arriesgarme a afirmar que cualquiera de las dos opciones es válida si se conoce el método correcto para hacerlo y si el resultado de la elección es satisfactorio o, al menos, lo menos doloroso posible. La terapia de pareja no es un tratamiento milagroso que se otorga mediante varita mágica, todo lo contrario: espareja un proceso difícil y que requiere mucho esfuerzo tanto por parte de la pareja como del psicólogo especialista que los guía. Es muy válido pensar que el terapeuta tiene conocimientos para ayudar a la pareja y que es capaz de conseguirlo, pero hemos de tener claro que el éxito depende del interés de los clientes por asumir el esfuerzo y la implicación que tengan en el tratamiento.

Muchos de los pacientes acuden al psicólogo cuando ya no queda otro remedio o cuando se están planteando el divorcio o la separación. Incluso en estas situaciones en las que generalmente ya se ha tomado una decisión, el psicólogo puede centrarse en mediar en la ruptura para que no sea una lucha sino una toma de decisiones con criterio racional y válido para los dos implicados o conseguir reavivar la llama si ambos mantienen una esperanza común de reconciliación.

Con todo esto, quiero remarcar la útil tarea del terapeuta en el desarrollo de una pareja a la hora de resolver conflictos, solucionar crisis o mejorar la comunicación o el deseo. Siendo todos estos temas importantes para mantener la trayectoria de un proyecto de vida común que pretende ser una experiencia satisfactoria y feliz para cada uno de los miembros de la pareja.

Escrito por David Pérez Borge

David Pérez Borge

Psicólogo con formación cognitivo conductual.
Sexólogo y Terapeuta de pareja.
Terapeuta familiar sistémico.
Consulta en Barcelona, Sabadell y Santa Coloma.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *