La Claustrofobia: miedo a los espacios cerrados.

Prueba a hacer una cosa: coge una bolsa no muy grande. Ábrela y respira en ella durante 30 segundos lo más rápido que puedas (aproximadamente serán unas 40 inspiraciones y 40 exhalaciones).

Si has llegado hasta los 30 segundos, habrás empezado a notar cómo te faltaba el aire. Estabas deseando sacar la boca de la bolsa y respirar aire fresco. Sin que te hayas dado cuenta, tu espalda se habrá ido encorvando y tus ojos entornando. Es una sensación muy desagradable, y es uno de los síntomas principales que aparecen en los ataques de pánico.

Ahora, lleva esa sensación a un sitio cerrado. Un ascensor o una habitación en la que tan sólo cabes tú de pie y donde no hay ventanas. Imagina esa sensación de ahogo que experimentaste antes pero dentro del ascensor o de la habitación. ¿Verdad que parece que no hay aire suficiente? Esa sensación es claustrofóbica: te falta el aire, sientes mareo, tensión en el pecho, calor, temblores, sensación de desmayo… Y es que el origen de la propia palabra lo dice: del latín claustrum (cerrado) y del griego fobos (fobia, miedo).

Esos son algunos de los síntomas que siente una persona que padece claustrofobia. Es muy desagradable y en el peor de los casos lleva a evitar situaciones, haciendo que la persona no se relacione y le genere un malestar importante.

¿POR QUÉ OCURRE ESTO?

Es muy probable que en alguna ocasión hayas sentido sensación de ahogo, malestar y miedo por estar en un sitio cerrado. Es lo normal, no resulta agradable estar un lugar reducido donde tienes la sensación de que no hay suficiente oxígeno. El problema viene cuando ese miedo se hace frecuente y aparece en más situaciones. Como respuesta al miedo a sufrir una nueva crisis, la persona evita las situaciones en las que le suceden esas sensaciones desagradables. Esto genera un círculo vicioso: cuanto más se evitan las situaciones, más se va a afianzar la fobia.

El por qué ocurre la instauración de esa sensación de miedo en un problema como la claustrofobia es el siguiente. Pongamos el ejemplo del ascensor:

  1. Estímulo: el estímulo es aquello que desencadena el ataque de pánico y puede ser:
    1. Interno: es el propio cuerpo/mente quien manda la señal de peligro. En el caso del ascensor: sensación de que hay poco aire en la cabina.
    2. Externo: es el ascensor el que provoca el miedo: se trata de una cabina más pequeña de lo normal.
  2. Pensamientos catastrofistas (o respuesta cognitiva): la mente empieza a interpretar que la falta de aire del ascensor va a hacer que te desmayes y pierdas el conocimiento. No tendrás escapatoria cuando las puertas se hayan cerrado.
  3. Respuesta del cuerpo (o fisiológica): aquí empiezan a hacerse patentes esas sensaciones: mareo, sensación de asfixia, tensión en los músculos, hormigueo, flojedad en las piernas, visión borrosa
  4. Respuesta motora (escape/evitación): en el momento en que tu cuerpo manda esas señales al cerebro, éste reacciona de dos maneras ante el miedo: luchando o huyendo. Y puesto que no puedes luchar contra el ascensor, tomará la decisión de huir. De modo que saldrás lo antes posible del ascensor.
  5. Alivio (a corto plazo): el hecho de que hayas huido te producirá alivio. Ya no hay probabilidad de mareo, asfixia, etc. El problema es que eso es útil a corto plazo, pero a medio y largo plazo sigues teniendo el mismo problema.
  6. Más miedo (a medio/largo plazo): siguiendo con el punto anterior, a medio y largo plazo lo que habrás conseguido es cogerle miedo al ascensor. Por lo que acabarás por evitar todo tipo de contacto con ascensores. Buscarás escaleras. Y en el peor de los casos en que no hayan, no subirás al piso que tocaba.

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¿QUÉ SE PUEDE HACER?

Una vez se ha entrado en ese círculo vicioso en que el miedo predomina sobre el alivio, es complicado romperlo sin ayuda profesional. Sin embargo, reconocer los síntomas que se mencionaron en el apartado 3 (respuestas del cuerpo), son un punto importante de partida. Darse cuenta que las sensaciones que se están teniendo resultan tan desagradables que impiden hacer una rutina normal (ya sea cuando hay un ascensor de por medio, un cuarto estrecho, el metro, un autobús lleno de gente…), son el primer paso para romper el círculo.

En el momento en que aparezca la primera sensación (pongamos que sea la sensación de ahogo), lo principal es tratar de controlar la respiración. Focaliza la atención en el estómago y pon una mano sobre el vientre y la otra sobre el pecho. Intenta coger el máximo de aire posible por la nariz y soltarlo por la boca como si tuvieras una pajita. Tienes que notar la mano del estómago como si subiera, mientras que la mano del pecho tienes que notar que baja. De ese modo, estarás llevando la atención a un punto diferente al de la sensación de ahogo. Si realizas ese ejercicio durante 2 minutos como mínimo, notarás cómo esa sensación de ahogo disminuye.

Técnicas como la respiración, la reestructuración cognitiva, la relajación, la exposición y los experimentos conductuales son las más eficaces desde el punto de vista cognitivo-conductual tal y como se ha demostrado en diversos estudios. Por supuesto, cada técnica está en función de la persona, de cómo le afecte la claustrofobia, del tiempo que lleva en el círculo vicioso, entre otro muchos factores. Pero lo principal es cambiar el foco de atención.

Escrito por Jorge Perpiñá González

Jorge Perpiñá González

.- Psicólogo General Sanitario en Consulta Privada (Valencia).
.- Máster Universitario en Psicología General Sanitaria por la Facultad de Psicología de la Universidad de Valencia.
.- En formación como Terapeuta Gestalt en el ITG Valencia.
.- Máster Sanitario de Práctica Clínica (Modalidad Intensificación Práctica), organizado y dirigido por la Asociación Española de Psicología Clínica Cognitivo Conductual (AEPCCC), la European Society of Psychology (ESP) y acreditado por la European Foundation of Psychology (EFP).

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