Equilibrando nuestra identidad

Empecemos con un ejemplo para entender lo que abordamos en este artículo: Supongamos que un miembro de un determinado grupo, en vísperas de un cambio de año, tiene la creencia de que no habrá un mañana puesto que su líder o creador, ya sea del presente o de hace miles de años, pronosticó que esto ocurriría. Pasa el día, hay un mañana y no ha ocurrido lo que esta persona pensaba que iba a pasar. En ese momento, aparecen varias opciones, de las cuales optaremos por las siguientes:

  • La primera, darse cuenta de que todo ha sido una farsa, que no entiende cómo ha podido estar pensado en ello todo este tiempo.
  • Una segunda alternativa, que tanto él como sus compañeros han entendido mal el mensaje, que probablemente el fin de los días iba más encarado a un descenso ipso facto de la moral humana, y así está siendo.

El hecho tiene mucho que ver con la disonancia cognitiva, término acuñado en el año 1957 por el Sr. Festinger, que nos vendría a decir que nuestro sistema de creencias o ideas, al desestabilizarse con una nueva información, busca diferentes alternativas que verifiquen o falseen los viejos o nuevos datos. Más recientemente, otros autores han vaticinado que  dependiendo del grado y tiempo con el que simpaticemos con dicha creencia y lo arraigada que esté en nuestra persona, la balanza se inclinará hacia un lado o hacía otro.

Por lo tanto, la opción que la persona del ejemplo escogería dependería del rasgo identificativo con dicha creencia. Escoger la primera opción sería plausible para un recién llegado a este grupo social que aún se está poniendo al día, aunque para una persona que lleva 40 años dentro de este entramado, que ha vivido, criado con todo lo que este conjunto de creencias envuelve, probablemente tan solo valorar la primera alternativa mencionada sería su perdición. Escoger “tan obvia” opción significaría probablemente perder 4 décadas de identidad.

Podemos llegar a entender este ejemplo, incluso atrevernos a juzgar a la persona, pero hay  muchas otras formas de disonancia cognitiva para la que, probablemente nuestro sistema de creencias trabaja para eliminar las disonancias. Lo podemos ver cada vez más y de ellas somos víctimas: en la política, cuando ciertas personas, ya seamos afines a un partido o ideología defendemos nuestras posturas o atacamos las contrarias. Estar de acuerdo con nuestro opuesto podría hacer que nuestra creencia respecto a ellos y a nosotros se tambaleara, por lo que nuestras cogniciones buscan solucionar con alguna información nuestra incertidumbre.

Otro ejemplo lo podemos ver también en el futbol, cuando nuestro equipo ha perdido por culpa del árbitro, el tiempo meteorológico o de si el partido ha durado un minuto menos de lo previsto: ver que hemos perdido porque nuestros rivales han sido mejores no es una opción. Si cabe, han jugado mejor pero nosotros somos mejores. Mi creencia de que mi equipo es mejor también puede llegar a desequilibrarse, por lo que nuestra mente se encargará de resolverlo dependiendo del coste/beneficio que pueda prever con el cambio o mantenimiento de la actual.

No son los únicos aunque si son llamativos, y no a todos nos afectaran por igual, pero son un gran ejemplo más cotidiano para comprender el fenómeno. Por tanto, con ellos vemos como nuestra psique busca estabilizarse ya que, como decíamos, dependiendo del grado de incongruencia respecto a nuestra creencia, abandonarla no sería quizás nuestra mejor opción como comentábamos en el primer ejemplo.

Ahora probablemente podamos entender tan solo un poco más al miembro de ese grupo que escogería esa “no tan” descabellada opción y quizás ser más críticos y abrir brechas a nuestra mente, permitiendo salir minuciosamente de esta identidad que a veces nos limita a nuestros pensamientos, actitudes y como no, descarta opciones.

Tanto si es así como si no, nuestro sistema de creencias ya está haciendo su trabajo.

 

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Escrito por Hector

Hector

Psicólogo formado en terapia Cognitivo-Conductual, PNL y Terapia breve
Consulta en Sabadell, Sant Cugat y Barcelona

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