¿Cómo nos ganamos el respeto de los niños y jóvenes?

Castigoolia_45415242_Subscription_XXL--478x270Es habitual preguntarnos en el ámbito educativo cómo nos tenemos que comportar delante de los niños y los jóvenes –hijos o alumnos -, cómo nos vamos a ganar su respeto, o cuál es el estilo educativo más adecuado. Es lógico que tengamos que reflexionar día a día sobre nuestra práctica, pero también es importante y necesario conocer los distintos estilos educativos y cuáles son sus efectos sobre los niños y jóvenes.

Quiero empezar distinguiendo dos conceptos muy parecidos pero a la vez muy distintos, que tienen mucho que ver con cómo educamos y que muchas veces los podemos confundir: autoridad y autoritarismo.

En primer lugar, voy a hablar del concepto de autoridad educativa especialmente refiriéndome a los agentes de las instituciones educativas, pero es importante que las madres y padres también cojan cómo suyas las definiciones aunque tienen un papel educativo un poco distinto.

Últimamente y desde hace unos años, se han publicado varios artículos y noticias relacionados con la importancia de dar un título de autoridad a los maestros y profesores en nuestra sociedad, para darles una relevancia que consiga distinguirlos como agentes importantes pero también, por el miedo de ir perdiendo poco a poco el respeto que se merecen. Sí, estamos todos asustados.

Es más, en la Ley Orgánica de Educación (LOE) que des del 2006 ordena el sistema educativo español, se reconoce la autoridad del profesorado en el marco de la convivencia de los centros educativos, recogiendo que los padres y los alumnos tienen el deber de respetar la autoridad del profesorado. Eso demuestra que hemos tenido que ampararlos legalmente para protegerlos. Podríamos preguntarnos qué hemos hecho mal para tener que proteger legalmente al profesorado, pero me voy a dedicar a definir qué significa autoridad porque este concepto se puede malinterpretar o alguien podría legitimar a una autoridad para que tenga un estilo autoritario – hay gente para todo -.

Según la Enciclopedia Catalana (2010), la autoridad en educación es la capacidad que tiene el educador de desvelar la actividad de los niños y niñas. Según el diccionario, desvelar significa estimular o suscitar.

Es fácil que relacionemos sin querer el concepto autoridad con ciertas formas de poder y que implique un cierto grado de legitimación hacia los maestros y profesores para que ellos hagan lo que quieran y eduquen como les apetezca, pero podemos ver en las definiciones que autoridad no significa eso, sino la estimulación hacia el aprendizaje. Así pues, después de estas definiciones el prejuicio que todos tenemos sobre el concepto parece desvanecerse. Los profesores y maestros no tienen potestad para hacer lo que les venga en gana, sino que estimulan y crean espacios de aprendizaje, en principio con cierto grado de objetividad, aunque todos sabemos que eso es difícil para todos, así que por eso existen los currículums en educación y los distintos centros educativos con sus proyectos de centro, aquí nos toca a nosotros escoger –tarea difícil -.

Aun así, cómo hemos dicho, tener la autoridad no significa practicar el autoritarismo. Los niños y jóvenes no tienen que ser nuestros subordinados y acatar a las órdenes que se les dicten sin explicaciones ni lógica alguna. En este instante es dónde es necesario plantearnos cómo nos ganamos ese respeto para ser una autoridad delante de los pequeños, para que ellos nos tengan la suficiente confianza para que nos dejen acompañarlos en su camino hacia el aprendizaje.

Son varios los autores que han definido los estilos educativos, pero los trabajaremos con la ayuda del artículo de Ediciones Universidad de Salamanca, Estilos educativos parentales (2008), que se centra en los estudios de Diana Baumrind sobre la autoridad en el ámbito de las relaciones padres –hijos, influenciada por Kurt Lewin, como un referente en lo que concierne a las investigaciones sobre los estilos parentales de socialización. En educación, gracias a la reformulación de sus investigaciones de MacCoby y Martín (1983), partimos de que existen cuatro estilos: permisivo o negligente – aquel muy poco afectuoso, con baja exigencia y sin límites -, el sobreprotector – muy afectuoso, con baja exigencia que no deja sitio para la autonomía -, el autoritario – aquel con poco afecto, con una gran exigencia que castiga en exceso, con demasiadas normas y con mala comunicación -, y el democrático – con mucho afecto, con exigencia, con comunicación, con dedicación y coherencia -. Somos conscientes que simplificamos la manera de educar en distintos estilos y que normalmente no educamos según un estilo único ya que no son modelos puros, sino que hacemos una mezcla de ellos y que además, se solapan y dependen de múltiples variables. Aun así, aquí lo que nos interesa no es tanto trabajar sobre los conceptos sino distinguir autoridad y estilo autoritarito cómo ya hemos dicho.

Así pues, vemos que aunque legitimamos la necesidad de dar un título de autoridad a los maestros y profesores, no aceptamos un estilo autoritario hacia los pequeños. Este estilo es controlador y exigente, con muy poco afecto y comunicación, con demasiadas normas y castigos impuestos sin explicación, incluso con amenazas y relaciones frías; que por consecuencia derivan a una baja autoestima de los pequeños, sumisión, deficiencia en las relaciones sociales y en el autocontrol, y conductas agresivas. ¿Así queremos que sean nuestros hijos o alumnos?

A nuestro parecer, la única forma de ganarse el respeto de los niños y jóvenes para ser una autoridad delante de ellos es ejercer un estilo democrático. Tenemos que generar una relación afectuosa con ellos, comunicativa y cálida, con normas coherentes y no rígidas, con límites razonados, con igualdad entre la comunicación y el control y las exigencias, planteándoles situaciones para que ellos se esfuercen a superarlos, hacerlos partícipes de su aprendizaje… -podríamos estar rato con esto -. Para muchos, es la única manera de educar a futuros adultos con autoestima, con confianza y seguridad en ellos mismos, con competencia y habilidades sociales, con autocontrol sobre la conducta y las emociones, con valores sociales y morales adecuados… Sí, es el estilo que requiere más paciencia, perseverancia y dedicación. Ya sabemos que todo lo bueno algo cuesta.

Escrito por Núria Riuró i Càceres

Núria Riuró i Càceres

Graduada en Pedagogía por la Universidad de Girona y Educadora Infantil

Técnica de Juventud en la Administración Pública
Miembro de la “Associació de Pedagogia El Gir”

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